viernes, 4 de marzo de 2016

TANGOGRAFÍA (04/03/16)



Se ha teorizado tanto el tango, existe tanta oferta de clases y eventos, tanto cuidar la técnica, los pasos, los estilos, los referentes, la nacionalidad, lo que te falta o no, lo que debes pulir... que pareciera que se ha perdido el hábito de sentir un tango desde dentro, en profundidad (su motor original, la primera piedra...), o quizá ni se cae en la cuenta. Sentir una letra y que te llegue al alma, ponerte a llorar y quedarte sin ganas de hablar, porque en su contenido hay mucha vida en pocas palabras y hay también una tragedia.
Yo diría que hay un tango para los alegres, los que disfrutan bailando y se lo pasan genial cuando van a las milongas.
Y luego aparte, quizá hay un tango introspectivo, uno sincero y coherente con las letras. Es un tango que no puede entender quien no ha sufrido o vivido cosas intensas en la vida (aunque baile muy bien), es un tango que conoce mejor alguna gente mayor por todas la vicisitudes de la vida, por el paso irremediable del tiempo y las ausencias. Es un tango que nadie te puede enseñar y que va con tus experiencias. Es el único tango que, sin pisar una pista, te acompaña en los peores momentos, te muestra quién eres y nunca te va a dejar. Es el tango de casa o conventillo, el de penumbra, el de confesión.
El tango lúdico no está mal, ni tampoco el de interpretar papeles, el de inventarte tu película o ir con máscaras para protegerse uno y ocultarse mientras baila, incluso el del espejo a veces tiene su gracia... pero encontrar a alguien con quien bailar un tango sincero e introspectivo, además de inusual, debe de ser una experiencia sublime y descomunal.