¡Quién no ha tenido alguna vez un ídolo! un ser sobrenatural, extraterrestre y endiosado que ocupaba gran parte de nuestro tiempo, nuestras paredes, marcos fotográficos o incluso carpetas de estudio, junto al gran espacio de nuestros sueños e ilusión. Mitad amigo invisible, mitad maestro secreto, alimento del corazón y del alma, era ese ser imposible que siempre, siempre, sin excepción, nos recogía en las caídas y nos empujaba hacia adelante, o hacia arriba, para continuar con nuestros sueños, nuestra esencia y nuestra pasión... allí, dentro de nosotros, sólo en nuestra imaginación, con vida en nuestra soledad.
Gabriel Missé ha sido esa especie de aliento para mí, ese milonguero y bailarín que un día me conectó de forma diferente con el tango. Él es el fantasma que viene, junto a Carlitos Gardel, cuando me canso de este baile y pienso una vez más en dejarlo. Él hace que recuerde en algún momento incierto uno de sus bailes, y que vaya a buscarlo y lo mire aún asombrada y con intriga, justo antes de volver a pisar una pista.
Muchas veces me he preguntado "¿Por qué un hombre y no una mujer? Una bailarina sería más fácil de estudiar en mi rol a la hora de bailar..." y aunque es muy difícil de racionalizar, es como si la intuición me dictara que Gabriel Missé entero es la reencarnación o el cuerpo mismo del tango, yo siento eso con intensidad cuando lo veo moverse o pararse al ritmo de la música haciendo un sutil y casi inapreciable balanceo. Missé es simple y complejamente Missé, él, único, con su estilo y prestancia. Pero misteriosamente es además un medium de toda la historia del tango (joven y viejo en el baile) es capaz de hacerme llorar viéndolo sencillamente caminar. Una y otra vez me pregunto "¿Cómo lo hace... para que parezca tan fácil, suave y natural?" No hay que buscar sus vídeos con tango de escenario para valorarlo o sorprenderse, basta con verlo acariciar con los pies el piso haciendo dibujos sutiles y precisos o caminando de forma felina; basta con observar sus pausas y ver en ellas un mundo con un montón de significados. Eso que parece simple, es precisamente lo que cuesta de encontrar, pero lo que distingue, junto con el estilo propio.
Lo conocí a través de su hermana: Andrea. Yo apenas comenzaba a caminar en ese baile y necesitaba buscar vídeos de referencia. Así descubrí a Andrea. Todos los días, a la hora de comer, me veía tres o cuatro de sus tangos. Un día, por casualidad, fui a parar con un vídeo en el que ella bailaba en grupo. Apenas era una adolescente y algunos de los integrantes del espectáculo eran niños. Entre ellos figuraba un tal "Gabriel Missé" que se movía con pericia, pese a su corta edad.
Y como soy curiosa, ya me conocéis, inmediatamente busqué vídeos con ese nombre. Viajé por su trayectoria, viendo cómo era su tango con diferentes bailarinas: su hermana, Guillermina Wilson, Geraldine, Guillermina Quiroga, Alejandra Mantiñán, Analía Centurión, Carla Espinoza... con todas cambiaba, pero seguía quedando algo propio intacto.
Missé es el bailarín completo de pista y de escenario, la conexión entre los jóvenes y los viejos milongueros; es el joven curtido de experiencia que desde niño mamó y aprendió el tango; es el galán bailando porque, pudiendo ser presuntuoso y teniendo recursos vistosos y elaborados, puede usar en el momento oportuno los sencillos y adecuados; es el bailarín dialogante: porque puede escuchar o hacer lucir a la dama; es el depurador perfeccionista del tango porque en su estilo ha sabido incorporar caminatas, cadencia y pausas, que es el esqueleto del tango; es el actor compositor del movimiento, porque toma la música y la interpreta, subrayando algunos momentos de intriga e intensidad y luego usando la relajación en otros momentos (creando gran emoción-tensión y calma). Y lo mejor de todo, es el tipo que sigue yendo a las milongas, rodeado de su séquito de amigos, buscadores de su aura o interesados (todo en conjunto quizá... eso también forma parte del tango) Pero pisa las pistas de las milongas y a veces baila, intentando camuflarse entre el resto de milongueros. Sin éxito, por supuesto, para sus competidores o envidiosos, o para aquellas humildes almas que lo admiramos y le seguimos el rastro entre codos, torsos y faldas. Porque su manera de bailar lo distingue, incluso cuando las pistas de baile están abarrotadas. Él es el rey del tango.