Todos los que bailamos tenemos aquel día horrible que dejó grave secuela en toda nuestra historia tanguera. Ayer recordé el mío y volví a tener la certeza de que aún cayéndome en la pista o quedándome en paños menores en un voleo, nada podría ser ya peor.
Aquella especie de vacuna anticipada del baile llegó el día de mi aniversario, cuando la cordial anfitriona de la milonga a la que asistí me hizo salir a bailar. Apenas llevaba un año y unos meses bailando y notaba encima de mí todas aquellas miradas escrutadoras. En aquel vals tan extraño, más o menos a media interpretación, abrí los ojos y me encontré frente mí al que yo consideraba el mejor bailarín de Barcelona, aquel de porte elegante, pisadas felinas y que clavaba a la perfección la música. Se acercaba sonriente cada vez más, sin la pantalla de los vídeos en medio y sin bailarina y era muy tarde para huir. "¿Qué hace este señor aquí?"- me pregunté cuando finalmente me abrazó. Tuve la impresión repentina que por algún accidente del azar se habían combinado dos películas distintas. Me quedé inmóvil, de bloque de piedra, no entendía lo que pasaba. Pero el vals tenía que continuar... El bailarín intentaba mover aquella especie de momia en la que me había convertido de la mejor manera. Yo solo recuerdo que tenía unas ganas tremendas de que se abriese rápidamente el suelo y que se tragase a aquel señor, que no quedase ni rastro. El tiempo pasaba eternamente lento. Estaba a punto de entrarme un ataque de corazón. Siglos y siglos en medio minuto, aumentaba mi desesperación: "Quítenme de encima a este bailarín, ¡Caballeros! que salga otro ya..." Eso es lo que yo intensamente deseaba, pero allá no se movía ni dios.
Por suerte, pude superar aquel día en que un gesto bonito se convirtió en un infierno para mí. Era hermosa la lección de saberme ridícula y vulnerable en un momento y aceptarlo. Volver a la consciencia de que todos somos en parte algunas veces así y que nadie es perfecto.
Pero ese día aún me regalaron para mi cumpleaños algo mejor. Quizá parezca una tontería, pero a veces los detalles son grandes: aquel señor que no me conocía y que bailaba tan bien, salió a bailar conmigo, mientras que otros conocidos milongueros no se atrevieron quizá por el qué dirán o por llevar yo tan poco bailando. Las milongas tienen eso que, para bien o para mal, siempre hay gente que te sorprende.