miércoles, 2 de septiembre de 2015

TANGOGRAFÍA (26/08/15)

EL DÍA QUE ME CAMBIARON LA PELÍCULA DE TANGO:

Todos los que bailamos tenemos aquel día horrible que dejó grave secuela en toda nuestra historia tanguera. Ayer recordé el mío y volví a tener la certeza de que aún cayéndome en la pista o quedándome en paños menores en un voleo, nada podría ser ya peor.
Aquella especie de vacuna anticipada del baile llegó el día de mi aniversario, cuando la cordial anfitriona de la milonga a la que asistí me hizo salir a bailar. Apenas llevaba un año y unos meses bailando y notaba encima de mí todas aquellas miradas escrutadoras. En aquel vals tan extraño, más o menos a media interpretación, abrí los ojos y me encontré frente mí al que yo consideraba el mejor bailarín de Barcelona, aquel de porte elegante, pisadas felinas y que clavaba a la perfección la música. Se acercaba sonriente cada vez más, sin la pantalla de los vídeos en medio y sin bailarina y era muy tarde para huir. "¿Qué hace este señor aquí?"- me pregunté cuando finalmente me abrazó. Tuve la impresión repentina que por algún accidente del azar se habían combinado dos películas distintas. Me quedé inmóvil, de bloque de piedra, no entendía lo que pasaba. Pero el vals tenía que continuar... El bailarín intentaba mover aquella especie de momia en la que me había convertido de la mejor manera. Yo solo recuerdo que tenía unas ganas tremendas de que se abriese rápidamente el suelo y que se tragase a aquel señor, que no quedase ni rastro. El tiempo pasaba eternamente lento. Estaba a punto de entrarme un ataque de corazón. Siglos y siglos en medio minuto, aumentaba mi desesperación: "Quítenme de encima a este bailarín, ¡Caballeros! que salga otro ya..." Eso es lo que yo intensamente deseaba, pero allá no se movía ni dios.
Por suerte, pude superar aquel día en que un gesto bonito se convirtió en un infierno para mí. Era hermosa la lección de saberme ridícula y vulnerable en un momento y aceptarlo. Volver a la consciencia de que todos somos en parte algunas veces así y que nadie es perfecto.
Pero ese día aún me regalaron para mi cumpleaños algo mejor. Quizá parezca una tontería, pero a veces los detalles son grandes: aquel señor que no me conocía y que bailaba tan bien, salió a bailar conmigo, mientras que otros conocidos milongueros no se atrevieron quizá por el qué dirán o por llevar yo tan poco bailando. Las milongas tienen eso que, para bien o para mal, siempre hay gente que te sorprende.

TANGOGRAFÍA (02/09/15)



Y TODA YO ME CONVERTÍA EN UN TANGO:
Soñé que nadaba en una piscina llena de tangos. Se me metían por la piel, me dejaba llevar por ellos, se me infiltraban en el cuerpo y circulaban como la sangre por todas partes. Me salían constantemente por los poros mientras me abandonaba con placer a ese simple fluir del baile. Los tangos movían mi cuerpo en la piscina como una marioneta. Habían tomado el mando de la razón y sabían perfectamente por dónde tenían que salir y cobrar forma en la pista.
"Qué sueño más lindo"- pensé esta mañana mientras iba en el autobús a trabajar...
Sé que aquellos dos tangos de la noche me marcaron profundamente hasta adquirir forma de revelación. Por eso tuve aquel sueño. No eran mis dos tango de la noche "ésos perfectos de no bailar más por hoy", eran los tangos de aquel milonguero que a mí me parecieron como propios. ¿Por qué bailaba diferente al resto?¿Por qué despertaba intensamente mi curiosidad? Había unos cuantos bailarines muy buenos en la pista: gente elegante, con técnica, con un buen abrazo, siguiendo e interpretando la música... y, sin embargo, no podía despegar los ojos de aquella figura que se movía por la pista con fluidez y con su manera tan particular de danzar.
Después de unas tandas observándolo lo comprendí. Aquel bailarín, no sólo interpretaba la música, saltando con fluidez de un compás a la melodía, a un instrumento, al cantor o a una emoción. Aquel bailarín hacía un todo con la música de un tango, se lo apropiaba y lo vivía, y luego lo sacaba como si fuese un tango con alma. Captaba la esencia y le daba forma al bailar.
Lo hacía con naturalidad, sin esfuerzo, como quien respira... Jugaba con la música y la sentía o se divertía. No exhibía, no hacía un amplio abanico de figuras. Era contenido, sencillo e íntimo al bailar.
Entonces lo vi claramente: ni elegancia, ni sensualidad, ni adornos, ni técnica, ni pasos inventados... yo quería aquello por encima de todo: meterme en la música, que me fluyese por todo el cuerpo y luego sacarla convertida en baile: pura, con emoción, como si la orquesta entera estuviese dentro y yo jugara con ella en cada uno de los bailes.

Ése sería mi estilo con los años, el esencial, el único.