lunes, 8 de septiembre de 2014

TANGOGRAFÍA 135: "HAY QUE SALIR A BAILAR CON LOS COMPLEJOS"

Yo tuve dos complejos: uno se llamaba pie izquierdo y el otro pie derecho. Tenían los dedos redondos y cortos, las plantas anchas y estaban adornados por venas que parecían atadas a un tobillo ancho, robusto, como el tronco de un roble. A menudo los disimulaba ocultándolos cómodamente en algún zapato de punta redonda que no llamase excesivamente la atención. No cabe decir que comprar zapatos era un martirio y que lo que menos me apetecía era encontrarme con un sinfín de zapatos bonitos en las zapaterías todos acabados en una punta de Kilimanjaro con un tacón altísimo e imposible que daba mayor inestabilidad a mi pronunciado puente en el pie.
Viví con mis complejos muchos años. Estuvieron cómodamente ocultos hasta que un día me dio por aprender a bailar tango. Al principio, yo sólo me fijaba en las parejas, en un todo envolvente propiciado por un abrazo. Pero poco a poco fui descubriendo horrorizada que muchas de las miradas de los milongueros expertos y curiosos iban a parar a los pies. "¡Qué tragedia! -pensé- a medida que bailes mejor más se van a fijar en esa parte de tu cuerpo que menos te agrada...esto sí que es una auténtica desgracia..."
Durante los primeros meses, yo ocultaba mis complejos en unos zapatos de baile cerrados, negros y con un taco más grueso, nada sexy, me pareció una buena estrategia para despistar...
Pero iba avanzando en mis aprendizajes y llegó el momento en que pensé "o dejas de bailar, o te cortas los pies o conviertes los complejos en otra cosa y sigues con lo que te apasiona..."
Dejar de bailar no quería, cortarme los pies me parecía una medida drástica, así que tomé la decisión de empezar a lucir los complejos.
Poco a poco fui mimándolos, apreciando su utilidad y el placer que me daba redescubrirlos. Los enfundé en zapatos cada vez más bellos, me fijaba en la forma en que los apoyaba en el suelo gradualmente, deleitándome con cada caricia al piso o gozando su disposición en un adorno.
Y fue tal la fascinación que un día en un baile, ante una música increíble mientras me ponía mis zapatos de calle, salí a la pista descalza ante la invitación de un gentil bailarín. Descubrí entonces que mis complejos eran maravillosos, que independientemente de como fueran me proporcionaban la magia de bailar.
Llegué aquella noche a casa extasiada, pensando que en la vida lo mejor era bailar con los complejos, airearlos, mostrarlos, convertirlos en otra cosa. Nadie es perfecto y aceptarte como eres te hace fuerte, libre e invencible.

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