lunes, 8 de septiembre de 2014

TANGOGRAFÍA 130: Y DICEN QUE VOLABA

El viernes me contaron una historia preciosa, de ésas que de alguna manera hay que inmortalizar. Siempre que suena un vals, Alfonsina mueve los pies, respira hondo y se pone a volar en secreto.

Nunca se levanta de la silla cuando suena esta modalidad. Y en el caso de que algún pretendiente osado se acerque para pedirle esa ronda, Alfonsina sonreirá y se despedirá de él con un amable "No".

Un No diferente al de otras rondas, un No misterioso, cargado de mucha coherencia. Un No de ésos que, cuando los descubres y te sumerges, te llegan al corazón y al resto de entrañas. Hay bailes que nunca mueren y que sobreviven aún a sus propios bailarines...

Alfonsina y Tito se conocieron en una milonga hace ya muchísimo tiempo. Él era un tipo enorme, con prestancia de tanguero innato y con una manera muy personal de bailar. Ella era una muñequita ágil y apasionada con el tango, quizá la palabra que mejor la definiría sería "amor".Dicen los milongueros concurrentes que formaban una pareja variopinta, pero muy hermosa y emotiva siempre que sonaba un vals.

De una manera instintiva, cuando la música esbozaba su primer compás, Alfonsina se abrazaba delicadamente al cuello de Tito y con indicaciones muy sutiles de su pecho ella era capaz de entender a la perfección los pasos y el sentimiento que le dictaba la canción y, al mismo tiempo, podía abandonarse al hermoso placer de volar , de volar como una gaviota en torno a un mástil, de volar como esos columpios de feria que van a gran velocidad suspendidos de la columna central. Eran esa pareja contraste de eje y ligereza, de ligereza y eje que van engendrando ebriamente una multitud de bailes indescriptibles.

Y así volaron mucho tiempo, por pistas diferentes, emocionándose ellos, y dejando boquiabiertos a quienes se paraban a observarlos. Un día, sin más, todo cambió bruscamente. Tito desapareció. Alfonsina se quedó triste sentada en uno de esos columpios de feria, aún agarrados por el gran mástil central, pero ya sin la energía ni el movimiento de los bailes de Tito. Fue entonces cuando descubrió que ya no podría bailar un vals con nadie más y que la estrategia era recordar y protegerse del resto de tangueros con un No especial que debería practicar.

Así llegó a la fase en que se acostumbró a decir No. Un No triste, un No indiferente. Pero los valses del recuerdo fueron meciendo poco a poco aquel columpio en el que estaba sentada en cada milonga. Desde sillas muy diferentes Alfonsina descubrió un día que seguía siendo aquella niña que disfrutaba dando vueltas como una loca abrazada al cuello de Tito. No podía evitarlo, en realidad no había parado de dar vueltas y de bailar todos esos valses, pero desde dentro, desde el recuerdo. Tito se había convertido en el mástil del recuerdo y el corazón, la silla, era el columpio que la hacía volar. Cuando sonaban las rondas de valses, ambos seguían danzando desde dentro, desde lo profundo, en completa libertad. Sólo las sillas de las milongas saben de esta historia. Se cuentan entre ellas los pasos secretos y emocionantes que bailan Alfonsina y Tito siempre que suena un vals.

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