martes, 29 de julio de 2014

TANGOGRAFÍA XLII:

 Hay sitios en los que para bailar debería incluirse en la entrada de la milonga la siguiente advertencia "Aquí sólo bailarán los profesores, tangueros de espectáculo, conocidos del mundo del tango, amigos de fulanito o menganito y aquellos de muchos años de experiencia que ya se avengan con nosotros. El resto puede mirar o, si lo prefiere, bailar con los tres o cuatro que también se nos colaron". No es cierto que las milongas sean un espacio democrático para bailar y empatizar con gente muy diversa. Las hay que sí y las hay que son auténticas endogamias tangueras y santuarios de veneración y competencia en la pista. Ayer tomé la decisión de no volver a una de ellas. Echo de menos a mi abuelito tanguero que lo da todo cuando baila, echo en falta al señor noble y caballeroso que me regala una sonrisa cuando acabamos, echo en falta al señor apasionado del tango que siempre se disculpa y me dice "a mí esto no se me da muy bien, ¿verdad?, aunque lo sienta", echo en falta los bailes de Fernando, de Kiko, de Aquilino, Juan, Carlos, Pere,Francisco, Joan... de unos cuantos hombres que bailaron conmigo desde el principio, sin discriminarme, y que además de enseñarme muchas cosas de este baile me han regalado momentos de entrega, complicidad y comunicación. Después de siete meses bailando sigo pensando que eso es lo esencial para mí: el tango es el encuentro con otro ser, es una complicidad. Mi mayor desgracia sería convertirme en una bailarina de pasos perfectos dejando de sentir, de emocionarme a cada paso, con cada canción, con todo diálogo.

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