(Para Raúl, por hacerme caer en la cuenta de la importancia de los silencios en el tango y de lo mucho que pueden molestar las parejas que hablan durante un baile. A mi profesor, Osvaldo, porque constantemente nos lo recuerda cada vez que bailamos: "Señores, aquí no se habla, si tienen que decir algo, díganselo con el cuerpo". Supongo que él ya sabe que las palabras rompen la magia del baile)
Antes los tangos se hablaban. Se decían cosas hermosas como por ejemplo: siento tu perfume envolviéndome, tu mano firme en mi espalda, noto los compases en tu corazón y tu aliento en mi mejilla, también tu respiración... Siempre que bailamos un tango juntos siento que nuestros pasos se ablandan, se estiran, se elevan, giran, se enroscan... hay una música que nos abraza, soñamos con ella juntos en la noche de nuestros cuerpos. Hay cambios anímicos en mí que tú provocas: vuelo, soy suave, quiero atacar con fuerza este baile, ser pasión, dulzura, húmeda nostalgia... o no ser nada, si queremos, salvo el instante que se despliega y vamos tejiendo...
Así se entendían y se entienden todavía hoy los bailarines. Ése era el lenguaje de la pista. La emoción era tan fuerte entre ellos que las palabras sobraban, sólo los silencios tenían el poder de comunicar. Los había de muy diferentes formas: silencios de emoción, de ternura, de amor, de plenitud, de disfrute, de complicidad... pero todos tenían en común dos cosas; eran profundos y provocaban adicción. Por eso, cuando empezaba otra canción, los bailarines sólo escuchaban, muy sutilmente, la música y el sonido apenas perceptible de los zapatos. Se disponían entonces a crear más silencios de nuevos tangos hablados.
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