Lo malo de estar sentada, o lo bueno, en una milonga es que en el momento más inesperado te puede sorprender un interrogatorio de alguien que está en la mesa contigua:
-¿Y tú con quién has aprendido tango?¿Y tú de qué estilo de tango eres?¿del tango milonguero, del canyengue, del de salón, del fantasía, del nuevo tango...? (¡Buuuffff!!! Una apenas está aprendiendo a comunicarse con los pasos básicos y ya le andan con estas preguntas...)
- ¡Pues, ummnnnn... aún no sé... explícame, a ver!¿En qué se diferencian?
(escueta explicación que me abre la curiosidad y me deja con dudas)
- Pues sí que hay... ¿noooo...?
(Y yo que aspiraba a encontrar mi estilo propio y ahora resulta que primero tienes que pasar por uno de los grandes estilos y definirte en eso).
Son cosas que pasan cuando te atrae por sorpresa el tango. Sientes más ganas de bailar que no de no estar con milongas teóricas que te definan. Al menos de momento. Aunque tampoco está mal saber el territorio dancístico que pisas de cara a otros posibles interrogatorios. Pero mientras esas respuestas no lleguen, pueden preguntarle al tango de qué estilo soy.
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