EL TANGO Y LA TANGA
Ella bailaba ingenuamente pensando en el tango. Él bailaba maliciosamente pensando en la tanga. Bailaban juntos, los cuatro, mientras sonaba una canción preciosa de Canaro . Con cierta agilidad y destreza, la mano que la sostenía por la espalda fue deslizándose suavemente, zigzageando, hasta llegar al límite de la espalda. Ella se sobresaltó, dejó de lado la canción y se puso alerta. "¿Cómo es posible que este tipo no sepa que el cuerpo tiene una zona límite al bailar...?" Hizo un leve forcejeo, y alguna que otra señal más para avisar, pero la mano seguía deslizándose como una serpiente de arriba para abajo y sin fronteras. Poco a poco ella fue experimentando un leve enfado, que fue creciendo hasta convertir la canción en una auténtica caja de truenos y de venganzas: "Baja un centímetro más, sobón, y vas a experimentar el boleo más alto que te hayan hecho nunca por delante!". Se preguntaba cómo un baile tan hermoso se había convertido en algo tan asqueroso, sucio y mancillado. Y entendió como los voleos habían surgido como una potente arma de autodefensa.
Rápidamente recordó, ya completamente olvidada de la música, y esperando a que acabase pronto aquella ronda, las palabras de una profesora de tango que la había acercado a casa una semana antes: "Ten cuidado con los hombres del tango, y con los pasos, son muy peligrosos, los dos". Al principio le pareció una exageración, pero aquel baile le hizo comprender el mensaje. ¡Qué ingenua había sido!¿Acaso cambia un hombre cuando baila? No-se respondió- el que es rastrero lo es hasta cuando duerme. Compuso el puzzle y dividió la milonga en tres grupos: 1.- Los hombres caballerosos y amantes del baile, 2.- Los hombres solos, solteros, divorciados o mujeriegos, que aprenden a bailar para ligarse a las pibas jóvenes y guapas, y 3.- Los hombres guarros y malpensados que intentan aprovecharse usando como excusa la sensualidad de un baile.
A partir de aquel momento, se imaginó la pista como un infierno, llena de seres rastreros por todas partes, salvo algunas lucecitas aisladas, de unos cuantos hombres buenos que venían a bailar sin perder el respeto por las damas. Continuó su historia interna, vio como se abrían numerosos escotillones en el suelo de la milonga y por ellos caían súbita y trágicamente todos los que tenían propósitos indecentes. Caían poco a poco. En el fondo se escuchaban los gritos. Ella los despedía con una gran sonrisa mientras les decía "Ahora se van a escondidas al 'puticlub' o se apuntan a una página de contactos para ligar. No vuelvan por aquí, el tango es algo sincero y exclusivo de caballeros".
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